El cernícalo
Con qué maestría se desenvuelve nuestro escritor en los ambientes rurales, y si no, tómese el inicio de su novela El cernícalo y nadie podrá parar hasta su última página, porque todo en ella es vida, recreación, adornada con una fabulación sin límite, amén de su carácter naturista que la hacen aún mucho más hermosa.
Pocas novelas se han escrito en Canarias que intenten y consigan, de manera tan perfecta, invertir la realidad cotidiana hasta convertirla en una trama digna de la mejor ensoñación.
«Nació tan muerto de hambre que nadie pudo olvidar el día que llegó al mundo: desde que la partera le dio la nalgada de la vida y hasta veintiún días después, Moisés no dejó de llorar un solo instante. Al vigesimosegundo día, una vez amamantado por la burra propiedad de su abuelo, que había parido unos días antes, transcurridos dos minutos sin escuchar su llanto, todos creyeron que había muerto reventado y, ni su propia madre se atrevió a acercarse, por temor a que resucitara. Sin embargo, el contento de todos se acabó a las tres horas y cinco minutos en punto, tal como su abuelo contaba mientras le duró la vida, cuando Moisés, con un chillido terrorífico, interrumpió aquel velatorio de satisfacción e incertidumbre al mismo tiempo.
—¡La madre que lo parió!»